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REPORTAJE Los olvidados de Monte Arruit Un viaje por Marruecos a través del tiempo
Jesús
Berrocal-Rangel Melilla, Nador, Mont Aouit. Perseguimos a la Historia desde las huellas del Desastre del ejército español en 1921 hasta el Desastre de los inmigrantes ilegales de la actualidad.
Los intereses españoles en África siempre han constituido un tema tan
apasionante como remoto. ¿Qué habría ocurrido si tras la conquista de
Granada, los vencedores Reyes Católicos hubieran continuado su expansión
hacia el Sur?.
Lo cierto es que el protectorado marroquí le cayó al reino español como
un inesperado regalo, sin hacer nada para merecerlo. Alianzas secretas
entre Francia e Inglaterra para establecer un equilibrio de poder entre
las potencias y, sobre todo, para frenar el arrollador crecimiento de
Alemania, terminaron regalándonos un terreno arisco e
improductivo que separaba la Argelia francesa... del Marruecos francés.
Y el gobierno español, humillado tras el otro desastre, el del noventa y
ocho, aceptó encantado el papel de comparsa que se le ofrecía. Pero
aquel regalo iba a tener unas consecuencias trágicas y costosas.
La cordillera del Rif, en el Norte de Marruecos, comprende unos
trescientos cincuenta kilómetros de orografía agreste, surcada por
barrancos, desfiladeros y valles que la cruzan como cicatrices. Al Sur,
terrenos productivos e importantes núcleos urbanos como Mogador,
Marraquech, Fez, Taza, Meknes o Larache, articulaban lo fue el
protectorado francés. Al Este, las tierras más áridas y secas del Rif se
extienden hacia la frontera argelina. Esta parte fue la ocupada por
España.
Atraído por las lecturas que en los últimos años he conocido sobre el
tema, emprendí viaje hacia Melilla, antigua sede de la Comandancia
General del protectorado. En vuelo directo desde Madrid, un estrecho
turbo-hélice con capacidad para treinta pasajeros permite llegar en una
hora y cuarenta y cinco minutos. El avión es la opción más rápida porque
el ferry, zarpando desde Málaga, tarda unas ocho horas... así que la
elección del medio de transporte depende de la prisa (y del presupuesto)
que tengamos.
Pese a
las palabras del espía de Godoy, aquel suelo magrebí no resulta
demasiado extraño; al fin y al cabo, la zona costera es muy parecida a
algunos paisajes de la península, recordando especialmente a la bella
luminosidad de Almería. Además, su posición como pulmón económico, hace
que Melilla condense un saturado tráfico de vehículos que evoca a la
Gran Vía. También tiene uno de los mayores índices de compra y venta de
divisas... sin apenas mover turismo. Pero no debemos olvidar que las
fronteras imponen una oscura ley de mercado que puede resultar, y de
hecho resulta, muy lucrativa. Ni romanos ni árabes dominaron completamente a los beréberes del Rif y la relación con España, principalmente a través de su enclave melillense, dio lugar a gran número de interesantes episodios, sobre todo en el verano de 1921. José Martí, el líder cubano, vaticinó en un artículo de 1893 el futuro del conflicto hispano-rifeño: “El Rif ha vuelto a guerra contra España y España vivirá en guerra con el Rif hasta que le desaloje de su país sagrado”. No figura en las guías turísticas, pero el amante de la Historia goza aquí de la oportunidad de realizar un viaje generoso en cuanto a resultados, conociendo los escenarios sin tener que recorrer grandes distancias y sin ocupar muchos días. La región ofrece además exotismo, playas y naturaleza, a solo cuarenta y cinco minutos de Málaga. Para internarnos por la zona la opción más recomendable es el alquiler de automóvil, a ser posible con guía-conductor de garantía en ambas facetas. Hay que tener en cuenta que el estado de algunas carreteras lograría irritar al mismísimo Carlos Sainz y que las sanciones por infracción de tráfico en Marruecos suelen ser costosas.
Camino del Desastre
Dos días después de mi llegada abandoné Melilla en el Audi de Rachid,
un musulmán no demasiado ortodoxo. Mi guía-conductor nació en Nador, pero
ahora tiene pasaporte español, vive bastante bien en Melilla y se dedica -como
tantos otros en la zona- “a sus cosas”. Salimos por la frontera de Beni Anzar
entre un denso tráfico, para cubrir por autovía los once kilómetros que nos
separaban de Nador, la mayor ciudad de la región con algo más de trescientos
mil habitantes. Desde allí, podríamos habernos adentrado en las estribaciones
del impresionante Gurugú -que aun alberga las ruinas de dos fuertes de la
época española-, o seguir hasta las hermosas playas del Este. Pero el lugar en
el que centraremos este artículo está más al Sur, así que continuamos hasta
pasar Selouane (Zeluán en los tiempos del protectorado), dejar atrás la
efímera autovía y enlazar con la carretera nacional P39. Poco después
llegábamos hasta nuestro destino: una pequeña montaña que se eleva sobre un
páramo de aspecto desalentador.
Así pues, lo único que quedaba por hacer era recordar lo leído y tratar
de imaginar las situaciones mientras caminaba por el huraño lugar.
El desastre de Annual estalló el 22 de julio
de 1921, con la pérdida de unos doce mil soldados españoles bajo el
mando del general Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de
Melilla, la mayoría caídos mientras huían presas del pánico. Todo el
protectorado ardía liderado por el rebelde Abd el-Krim, alzado en armas
para expulsar a los invasores. Así, una tras otra fueron cayendo las
posiciones, y los pequeños blocaos quedaron aislados en territorio
enemigo.
Hasta el campamento de Dar Drius no cesaban de llegar desesperados
supervivientes, restos de guarniciones aniquiladas, para ponerse bajo
las ordenes del general Felipe Navarro, máxima autoridad en el
territorio tras la muerte de Silvestre. Ante la proximidad de los
rebeldes rifeños, Navarro dudaba entre permanecer en Drius, una plaza
bien pertrechada, o emprender la retirada hacia Melilla. En un principio
decidió mantenerse allí, aunque todos los automóviles de mando
salieron hacia el refugio melillense cargando un gran número de
oficiales, enfermos o autorizados. Pero el 23 de julio, el general
cambió de opinión y ordenó que se preparara la evacuación de la plaza.
Con la tropa totalmente desmoralizada, la retirada se convierte en un
nuevo desastre, dejando a su paso un gran rastro de cadáveres españoles,
a pesar de la protección prestada por el regimiento de caballería de
Cazadores de Alcántara.
Tras seis días de agotadora marcha, los restos de la columna de Navarro
alcanzaron las murallas de Monte Arruit. Aquí, intentarían recomponer
las fuerzas para afrontar el inminente ataque rifeño, pero ya era
demasiado tarde. El
2 de agosto cayó Nador y el 3 Zeluán, dejando el fuerte de Arruit –a tan
solo treinta kilómetros de Melilla- condenado en medio de territorio
enemigo. El general aún podía haber intentado una huída desesperada
hacia el refugio melillense, pero se negó a abandonar a sus heridos. Al
agotamiento físico había que sumar la desmoralización de la tropa, en
algunos momentos al borde de la insurrección. Además, el agua estaba a
una distancia de quinientos metros del fuerte, pero igualmente podrían
ser cinco mil, porque el cerco rifeño se fue cerrando hasta impedir
cualquier acercamiento de los sitiados. Dos aviones con base en Melilla
sobrevolaban el cerro arrojando bloques de hielo, municiones y víveres,
pero los envíos casi siempre caían fuera del alcance de los españoles.
Ninguna fuerza iría a socorrerles. En la capital de la Comandancia
apenas contaban con dos mil soldados, casi sin experiencia, pero en
breve llegarían desde la península treinta y seis mil hombres. Sin
embargo, los sitiados de Arruit tenían los días contados. Y la angustia
de ser conscientes de su destino.
El nueve de agosto, ante la imposibilidad de seguir resistiendo, el
general Navarro cierra el pacto para la capitulación del fuerte: los
españoles entregarían todo su armamento y se les permitiría retirarse
hacia Melilla. Las armas se amontonaron y los heridos y enfermos
comenzaron a alinearse en la puerta del fuerte, preparándose para la
evacuación en un tenso silencio. Pero cuando se dio la orden de partir,
la furiosa harka rifeña invadió el campamento, asesinando a una
tropa desarmada y enloquecida por el terror.
Una vez consumado el descalabro de Monte
Arruit, Melilla era la única plaza segura que España mantenía en el Rif
oriental. Hasta la capital no cesaban de llegar supervivientes
–militares y civiles- de las matanzas de Nador, Zeluán o de los
numerosos blocaos que habían quedado aislados en medio de las zonas
controladas por las harkas de Abd el-Krim, contando espeluznantes
relatos. En mayo de 1922, aun llegaban refugiados. Tras el desastre, se
encargó al prestigioso General Picasso que iniciara una investigación
para depurar responsabilidades... con la advertencia de que no debía
implicarse a ningún miembro del alto mando como responsable de lo
acontecido. Alfonso XIII, las cúpulas militar y política, la prensa
censurada... todos volvieron la cara a los muertos en el Rif. Tampoco
pagaron por su responsabilidad los empresarios españoles implicados en
la venta de armas a los rifeños, algunos de ellos fundadores de
importantes empresas actuales. Ninguno de los sucesivos sistemas
políticos puso interés en esclarecer el asunto.
Pero para conocer esta apasionante historia con la profundidad que
merece, me permito recomendar la lectura de las obras que sobre el tema
han escrito Juan Pando, David S. Woolman y Manuel Leguineche.
Los Olvidados del Gurugú. El Desastre continúa.
Para mí, este viaje llegaba a su fin.
Melilla, la puerta de atrás de Europa, la gran olvidada por la península y,
sin embargo, la que se siente tan orgullosamente española. Si uno se atreve a
plantear qué ocurriría si la soberanía de la ciudad se cediera a Marruecos, en
seguida obtendrá como respuesta que “Melilla era española antes que Navarra”.
Grandes avenidas –injustificadas, a mi parecer- mitigan algo del encanto
de una ciudad que puede recorrerse paseando en pocas horas. Los
edificios de impecable corte modernista conviven con otros recientes, de
indudable menor gusto estético. Pero quizá sean todos estos contrastes
los que hacen que la ciudad se mueva esparciendo una sensación de vida y
color.
Sobre las seis de la tarde, cuando el sol comienza a declinar
lentamente, la letanía de los imanes llama a la oración desde los
minaretes, justo al mismo tiempo que un viento se levanta llenando todo
de polvo. Me dirijo hacia los cuatro recintos amurallados que
constituyen la bella estampa de Melilla la Vieja. Entro por la
Puerta de la Marina y comienzo a ascender hacia las murallas por rampas
y escaleras. Atrás quedan los aljibes, construidos en el siglo XVI y
vitales en el desarrollo de la Plaza, y los recientes museos; luego paso
junto a la estatua de Pedro de Estopiñán, el conquistador-fundador, para
seguir ascendiendo hasta alcanzar la muralla de San Juan. Desde aquí se
contempla una excelente vista de la zona.
A mi alrededor reina el silencio. Allí donde en tiempos de guerra debió
existir una actividad frenética, solo quedan viejos cañones oxidados y
una profunda quietud, perezosa como el atardecer del Mediterráneo,
inunda todo. Camino en completa soledad, haciendo el efecto de recorrer
una fortaleza abandonada por su guarnición. El silencio parece total pero, escuchando atentamente, un débil y triste sonido llega hasta el viajero. Si buscas su origen, lo encontrarás en el oscuro Gurugú. Ocultos durante el día, los ilegales esperan a que la luna guíe sus pasos hacia la tierra prometida. Ochenta años después del Desastre que se cobró tantas vidas e ilusiones, el seco viento del Rif continúa susurrando sueños rotos.
Fotografías y Plano: Autor / Fondo del Archivo de la Diputación Provincial de
Badajoz.
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LOS LECTORES OPINAN... Le Rif face aux visées coloniales: 1921-1927 Trabajo realizado por Mustapha Allouh que incluye el artículo en su bibliografía Galland, sobre Los Olvidados de Monte Arruit Relatos como este ayudan a que se entienda la situación actual en España con el asunto de la inmigración magrebí. Javier Roselló, sobre Los Olvidados de Monte Arruit Es un texto interesante y emotivo.
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